Educación para el desarrollo

Prof. Jorge Martín Domínguez
Prof. Jorge Martín Domínguez

En Europa nos hemos enfrentado a numerosos cambios en las últimas décadas. La construcción de un entorno común de convergencia entre países siempre se plantea como un trabajo duro, y más aún en situaciones económicas adversas como las que nos hemos encontrado en los últimos años y seguimos encontrando en la actualidad.

 

Uno de los frentes abiertos en las políticas europeas ha sido la construcción del Espacio Europeo de Educación Superior (EEES). El plan Bolonia, las transiciones a los grados y el reconocimiento de titulaciones a un nivel europeo, entre otros, vaticinaban, en principio, una apertura de fronteras, oportunidades y movilidad entre los ciudadanos de los países implicados. Pero la realidad de ese EEES, aunque sí ha habido avances, sigue todavía en un largo proceso de maduración que, determinadas políticas condicionan fuertemente para generar, cuanto menos, confusión y desasosiego sin motivo aparente. Un claro ejemplo se plantea con el último Real Decreto 43/2015, que trata de implantar una fórmula de ordenación de los estudios universitarios en España, el famoso 3+2, sin ni siquiera pararse a evaluar la reciente implantación de los grados actuales. En toda esta distorsión del EEES, que lleva construyéndose casi dos décadas, la Comisión Europea plantea el año 2015 como el año del Desarrollo, un tema que tiene una posición global, que abarca lugares más allá de nuestras fronteras ombligos y pone la mira en países desfavorecidos y la posibilidad de darles medios, o al menos no entorpecer, para crecer e igualarse a los países que se denominan desarrollados. 

 

En este sentido, quizás pasando desapercibido dentro del ámbito educativo y convencido de que si preguntásemos por su significado muchas personas no sabrían definirlo (a diferencia de otros conceptos como prima de riesgo, preferentes, o PIB), la Educación para el Desarrollo pasa de puntillas entre informes PISA y otras pruebas estandarizadas. Considero su importancia incuestionable para la construcción de un entorno democrático, plural, participativo, solidario y humano como el que se busca en el marco europeo.

 

Así, en la Educación para el Desarrollo queda mucho por avanzar. No solo basta con que formemos en una vertiente analítica de la situación mundial o ni siquiera una visión crítica al respecto. Sino que también es necesario, a través de la Educación para el Desarrollo, facilitar herramientas que permitan cambiar y por supuesto formar parte de ese cambio, ya sea por una vía directa o indirecta. Es decir, la Educación para el Desarrollo debe educar personas críticas y activas que estén preparadas para responder ante las necesidades cambiantes de nuestro mundo, buscar un acercamiento entre los países Norte/Sur, y entender esa posibilidad no solo como algo a corto plazo, puntual o de modas, sino como una acción responsable y necesaria para la sostenibilidad mundial.

 

Las reuniones, conferencias, acuerdos, objetivos son necesarios. Pero más allá de los hechos puntuales hacen falta compromisos a medio y largo plazo, con cifras y acciones concretas. Si volvemos la vista atrás, ya en 1948 se firmó la Declaración de los Derecho Humanos, referente puesto en muchas bocas y que se incumple sistemáticamente, tanto en unos países como en otros, e igualmente vemos continuas convenciones que abordan el tema, plantean líneas de actuación, apoyos, políticas, medidas, teorías...  Sin embargo, la Educación para el Desarrollo debe ir más allá, debe estar dentro y fuera de esos actos puntuales, debe ser un continuo, debe formar ciudadanos comprometidos, solidarios y partícipes de las políticas más allá de sus fronteras, en conclusión debe ser un eje interdisciplinar en la formación humana. 

 

En Educación, y también en Educación para el Desarrollo, hace mucho tiempo que no basta con memorizar la teoría y poseer conocimiento, debemos reflexionar sobre él y mostrarnos críticos y abiertos ante los cambios y los modelos dinámicos que nos rodean, pero esto no tiene sentido sino desarrollamos personas de acción, comprometidas y con valores que lleven este mundo lleno de posibilidades a la búsqueda de la equidad de las personas independientemente de donde nazcan.

 

Confiemos en la materialización de estas propuestas, iniciativas, ideas… que desde el marco europeo en el que nos encontramos tan prometedoras parecen.


 

Jorge Martín Domínguez

Facultad de Educación

Universidad de Salamanca


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Comentarios: 1
  • #1

    Carlos Wefers Verástegui (sábado, 28 febrero 2015 11:30)

    "la Educación para el Desarrollo debe educar personas críticas y activas que estén preparadas para responder ante las necesidades cambiantes de nuestro mundo" - siempre se lee y se escucha lo mismo en todas partes. Yo me he encontrado con alguna de esas "personas críticas", y que además colabora con CISV, y ese ejemplar en particular era un suma nulidad en casi todo lo que pudiera ser relevante de cara a una hipotética "educación para el desarrollo": falta de capacidad crítica, ingenuidad total respecto a las realidades sociales y culturales del presente, falta de preparación psicosocial y afectiva, exacerbado individualismo, relativismo e indiferencia total frente a otra realidades, fuesen occidentales o no. Me llamó la atención, y sospeché que pudiera tratarse de un ejemplar representativo para las nuevas generaciones. Investigando un poco, dí con un trabajo de un importante catedrático de pedagogía y psicoanalista en la Universidad Humboldt, de Berlín, y se confirmaron todas mis sospechas. La nueva educación, la nueva "pedagogía", no prepara a las nuevas generaciones para nada. Yo en su lugar no me haría ilusiones, ni me dejaría engañar por la exagerada autoestima ni por el futurismo optimista de los veinteañeros. Sí, están adaptados al "cambiante mundo moderno", están "preparados", saben idiomas, se manejan bien por sí mismos, son expertos en tecnologías de la información y en "comunicación", pero, eso, en realidad, ¿qué quiere decir? En el fondo, nada.