EUROPA, MEJOR CONTIGO QUE SIN TI

Concha Torres, Intérprete de la Comisión europea

 

    Hace unas semanas publiqué una columna en La Gaceta de Salamanca cuyo título “Treinta años no es nada”, hacía referencia al tiempo que llevo viviendo en Bruselas y trabajando para la Comisión europea. Muchas cosas le han pasado a Europa en estos años (y otras tantas a mí) pero con todo lo que hemos envejecido, tanto ella como yo, sigue siendo el proyecto europeo un soplo de aire fresco en el panorama político como sigo yo creyendo, con la misma fe de los niños en los Reyes Magos, en esa idea de unos pueblos que rechazan pelear unos con otros y prefieren cooperar para encontrar un futuro mejor para sus ciudadanos.

 

    Llegué a Bruselas en 1991, deseosa de ser más europea que salmantina, y aterricé con un contrato de prácticas en un lugar donde la gente era políglota (en 1991, hablar otra cosa que tu propio idioma ya era ser políglota) había viajado mucho y estudiado en colegios y universidades extranjeras; los españoles ya no éramos unos recién llegados a la casa europea y además estábamos de moda, en los albores de nuestro año de gloria de 1992. También los noventa fueron una década prodigiosa para Europa, una vez consolidado el mercado interior y establecido el derecho a la libre circulación de personas, bienes y servicios, el proyecto de la moneda única salía de la lista de visiones para pasar a la de las utopías realizables. En 1991 asistí con poca fe a una reunión de trabajo en la que me contaron que en pocos años (diez son pocos años) los europeos pagaríamos con la misma moneda el café de la Plaza Mayor de Salamanca y el de la Grand Place de Bruselas; a mí se me saltó la risa y a varios compañeros economistas y más entendidos que yo en la materia, aquello les dio para varios chistes y chascarrillos. En enero del 2002, comenzamos todos a utilizar esos euros que tan de chiste nos parecían, y que nos hicieron la vida más fácil a los que a menudo teníamos que cambiar de país por razones varias.

 

   A la vez que esa moneda única, cientos de estudiantes se beneficiaban de la posibilidad de salir a estudiar fuera, al menos unos meses durante sus carreras, con unas becas ERASMUS que en 1987 parecían también un sueño más de esos locos visionarios de Bruselas y a día de hoy, ni siquiera esta maldita plaga que padecemos ha conseguido que se detengan. Gracias a ERASMUS, ya no hacía falta tener un padre diplomático para ver mundo, y gracias a todos los que vieron mundo con este programa, nuestros ciudadanos son algo más europeos y algo menos de su pueblo: dos millones de estudiantes cada año no están nada mal como vacuna para los nacionalismos. Yo misma disfruté de una de esas becas en sus primeras versiones y si hoy me preguntaran qué experiencia pasada ha cambiado mi vida diría que, junto con la maternidad, la posibilidad de salir a estudiar al extranjero con veintipocos años, ni más ni menos.

 

    En 1995, sólo un año después de estrenarme como funcionaria en la Comisión, se puso en pie el espacio Schengen, que dejaba las fronteras interiores de Europa como una línea de puntos pintada en el mapa, y nos libraba de tener que acarrear pasaportes u otros documentos engorrosos cuando íbamos de viaje. Hasta aquí no es que les haya contado nada que ustedes no sepan; lo que no les he contado hasta este punto es lo afortunada que he sido todos estos años, que he podido asistir en primera fila de platea a las muchas negociaciones, reuniones, comités y ceremonias que han alumbrado estos y otros importantes logros de nuestra Europa unida.

 

    Soy intérprete, y eso me ha permitido ser partícipe y espectadora de primera línea de toda esta sucesión de acontecimientos. He visto las lágrimas de los alemanes cuando por fin se agruparon todos bajo una sola bandera como he visto llorar a mis colegas ingleses el día que sus paisanos votaron a favor del Brexit. He pasado madrugadas enteras rescatando la economía griega como otras tantas buscándole una salida a la crisis de las vacas locas. He asistido a la firma de tratados comerciales como el MERCOSUR como al alivio de los olivareros españoles cuando por fin consiguieron la justa valoración de su producto en los mercados internacionales. Le he estrechado la mano a varios ministros y presidentes como se la he echado a muchos estudiantes y becarios que me han pedido información o consejo; he estado presente en el bautizo del Euro, pero también en el entierro de iniciativas como la Constitución europea, que nunca vio la luz.

 

   Yo, que estudié y me doctoré en historia, he tenido la suerte de ser testigo de un pedazo de historia nada desdeñable desde una atalaya privilegiada y desde esa misma, sigo prestando mi voz y mis oídos, los dos instrumentos de trabajo más preciosos que poseo, para seguir construyendo esa Europa que, aunque le echemos la culpa de nuestros males, es el origen de muchos de nuestros bienes. En estos momentos, una pandemia nos complica la existencia y la Comisión europea y sus funcionarios peleamos con nuestro trabajo para seguir haciendo más fácil la vida de los ciudadanos y, se lo crean o no, para garantizar que todos estén vacunados más pronto que tarde. Les aseguro que con Europa estamos mucho mejor que sin ella, y creo poder estar en el lugar adecuado para afirmarlo.

 

 

Concha Torres

Intérprete de la Comisión europea