mar

24

jun

2014

Las elecciones que nadie se esperaba… ¿o sí?

Jorge Osma
Jorge Osma

 

El pasado mes de mayo se celebraron en los 28 Estados miembros las octavas elecciones al Parlamento Europeo, entre los días 22 y 25 (dependiendo de la tradición electoral en cada Estado).

 

Los factores que iban a hacer de estas elecciones las más importantes hasta el momento eran muchos: la mayoría de grupos parlamentarios proponía a su candidato o candidata (incluso a sus candidatos, como Los Verdes) para presidir la Comisión Europea, eran las primeras tras la entrada en vigor del Tratado de Lisboa con el cual el Parlamento tenía más poder que nunca y se encontraba en igualdad de condiciones frente al Consejo, y la crisis económica había puesto de relieve que, para bien o para mal, la solución pasaba por Europa.

 

En un intento por pronosticar los resultados, sociólogos y politólogos establecieron tres premisas:

 

Primera: La tradicional estructura de voto cristianodemócratas vs. socialdemócratas no estaría tan clara en determinados casos

 

Segunda: La derecha radical europea, cuyo principal nexo de unión entre los diferentes países es el euroescepticismo, iba a experimentar un claro avance

 

Tercera: La participación iba a registrar mínimos históricos

Y efectivamente así fue, a las 23:00 del domingo 25, hora española, los resultados oficiales saltaron de golpe a las pantallas de televisores, tablets y smartphones. Pero no eran, sin embargo, los resultados pronosticados, o con ciertos matices al menos…

 

La crisis del bipartidismo

Tanto el Partido Popular Europeo como los Socialistas y Demócratas sufrieron un claro varapalo en los resultados, siendo más notable en el caso del primero. En la mayor parte de los casos, el voto tuvo una clara visión nacional, castigando a los gobiernos que llevaban la mayor parte de la crisis en el poder (como por ejemplo en Portugal, que con gobierno conservador otorgó la mayoría a los socialdemócratas) y premiando a aquellos que llevaban poco tiempo como un voto de confianza al mismo (como el caso de Italia a su Primer Ministro socialdemócrata, Matteo Renzi).

 

El no tan alarmante ascenso de la derecha radical

Si ésta hubiese sido la nota predominante en la mayor parte de los casos, no encontraríamos apenas diferencias respecto de los comicios de 2009, por ejemplo. En 2014, por primera vez, se han dado casos en los que ninguno de los dos grandes partidos ha alcanzado la mayoría. Y, en prácticamente todos ellos, han sido partidos de derecha radical. Los más sonados han sido los casos de Francia y el Frente Nacional de Marine Le Pen y el de Reino Unido y el UKIP de Nigel Farage, aunque no los únicos. Si bien con resultados más discretos, el Partido Popular Danés —de extrema derecha y sin conexión con el PPE— ha sido también el más votado en Dinamarca, y en Hungría Jobbik, de corte filofascista, ha sido el segundo más votado por encima de los socialdemócratas del MSZP.

 

Este ascenso de la derecha radical se explica a través de dos vías: la primera, la abstención estructural que padecen diacrónicamente las elecciones al Parlamento Europeo desde 1979, que afecta normalmente a los partidos tradicionales; la segunda, por un recrudecimiento de la crisis económica, de la cual estos partidos culpan directamente a la Unión Europea.

 

Con todo, ¿de verdad han sido tan alarmantes los resultados en favor de la derecha radical? Lo cierto es que no. Las estimaciones de las semanas previas a las elecciones llegaron a augurar un tercio de los asientos del Parlamento a la derecha radical. Sin embargo, el total ha sido de 125 de los 751 escaños, de los cuales casi la mitad (47) han sido aportados por el FN y el UKIP, y de hecho únicamente han sido estos partidos los que han aumentado su número de escaños respecto a 2009, ya que el resto ha mantenido el número de escaños o han perdido, como es el caso del PVV, que ha pasado de 5 a 4 o de la Lega Nord, de 9 a 5. A esto hay que añadir que este voto euroescéptico, en la mayor parte de los casos, no tiene reflejo en las elecciones nacionales.

 

Pero el talón de Aquiles definitivo de la derecha radical europea ha sido la no culminación del proyecto de un nuevo grupo parlamentario propio como ya existiera a principios de los noventa encabezado por Jean-Marie Le Pen. El reglamento del Parlamento exige un número mínimo de diputados (25) repartidos, al menos, por 7 Estados miembros. Los partidos que entraban en el acuerdo de Le Pen y Wilders, del que no formaba parte el UKIP, sumaban 38, pero únicamente repartidos por cinco Estados.

 

Mientras el proyecto permanece en los cajones, muchos como Verdaderos Finlandeses o el Partido Popular Danés han optado por unirse a los Tories británicos en su grupo de los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR), convirtiéndose en el tercer grupo de la cámara por delante de los liberales de ALDE.

 

Y, como siempre, el caso de España, junto con el de Grecia, ha sido diferente. En España una nueva formación de izquierda «radical», Podemos, liderada por el profesor universitario de Ciencia Política, Pablo Iglesias, ha estado a punto de convertirse en la tercera fuerza política con tan solo cinco meses de vida. En Grecia, por su parte, la Coalición de la Izquierda Radical (SYRIZA), cuyo líder, Alexis Tsipras, era el candidato de la Izquierda Unitaria a presidir la Comisión, ha ganado las elecciones en un sistema profundamente bipartidista como es el griego. Así, los países del Sur europeo, donde la gravedad de la crisis podría haber resultado como el caldo de cultivo perfecto para la derecha radical (como fue en su día para Amanecer Dorado en Grecia), se ha dado el fenómeno contrario: el auge de la izquierda «radical».

 

La no tan baja participación

2014 podría pasar a la Historia como el año en que se registrara, o bien la participación más baja en elecciones al Parlamento Europeo desde 1979, o bien la más alta. Ni una cosa ni la otra:

 

Los partidarios de la histórica abstención eran mayoría, y las tenían todas consigo si tenemos en cuenta la línea descendente de participación en estas elecciones, que va desde el 63% en 1979 al 43,07% de 2009. Pero por sorprendente que parezca, en 2014 la participación, aunque de manera simbólica, subió en un 0,2% hasta alcanzar el 43,09%, no cayendo en países como Reino Unido que se mantuvo en el 34%

 

Reflexiones finales

Como conclusión cabe señalar que las de 2014 no han sido unas elecciones más, pero tampoco han supuesto el cambio radical que la Unión Europea necesitaba. El grupo parlamentario mayoritario seguirá siendo el mismo que desde 1999, el PPE, y a pesar de los grandes esfuerzos de todos los grupos por presentar un candidato visible para los ciudadanos y ciudadanas, parece que el Consejo Europeo, en su afán de control intergubernamental de la Unión, podría no respetar este gran pacto y proponer a alguien que no sea el legítimo Presidente, Jean-Claude Juncker. Pero con lo que Ángela Merkel, David Cameron o François Hollande no parecen contar es con que la propuesta es suya, sí, pero la decisión final es del Parlamento, de los ciudadanos y ciudadanas europeos, y éstos han dicho, a través de los diferentes grupos, con toda rotundidad, y en un admirable gesto de responsabilidad en el que han dejado de lado las ideologías, que su voto irá para el Presidente que las urnas han designado.

 

 

Jorge Osma Calvo

Licenciado en Ciencias Políticas
por la Universidad Complutense de Madrid

Estudiante del Máster en Estudios de la Unión Europea
por la Universidad de Salamanca

 

 

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Comentarios: 2
  • #1

    Carlos Wefers Verástegui (miércoles, 25 junio 2014 12:40)

    Es curioso como una análisis sobrio y desapasionado, objetivo, de "datos" pueda derivar en " la decisión final es del Parlamento, de los ciudadanos y ciudadanas europeos, y éstos han dicho, a través de los diferentes grupos, con toda rotundidad, y en un admirable gesto de responsabilidad en el que han dejado de lado las ideologías".

    Primero, esta "ciudadanía europea", no existe en términos político-sociológicos.

    Segundo, el "admirable gesto de responsabilidad" es una interpretación subjetiva, una deducción o juicio de valor personal que no está en los datos.

    Tercero, no parece que venga mucho a cuento la a "legitimidad" del candidato, puesto que la palabra "legitimidad" no significa realmente nada. ¿A cuáles de los tipos Weberianos de legitimidad nos estamos refiriendo? ¿O se trata simplemente de la "legalidad" que recibe el nombre de "legitimidad"? Entonces, no sería ilegítimo, puesto que en cualquier caso será legal y, por ende, legítimo. Si se refiere a la legitimidad democrática, esa se referiría en todo caso a un cuerpo social lo suficientemente homogéneo como para dar lugar a un voto significativo, cualificado, verdaderamente responsable, cosa que no se cumple en el caso de las elecciones al Parlamento Europeo, ya que dicho procedimiento de "elección democrática", sólo tiene en cuenta ciertas salvaguardas aritméticas, democrático-formales e institucionales, amén de los consabidos equilibrismos y contrapesos pactados, pero en ningún caso a las ciudadanías reales en sus respectivos países.

    Por último, la cuestión de las "ideologías": un voto no tiene por qué ser un voto consciente, cualificado o "responsable", sólo porque, aparentemente, prescinde de una motivación ideológica. El voto "oportunista" representa tan bien esa falta de motivación ideológica como lo pudiera hacer el voto "alocado" de alguien que no cree realmente en el asunto.

  • #2

    Carlos Wefers Verástegui (viernes, 27 junio 2014 10:59)

    Y, ¿por qué no es legitima la UE ni ninguna de sus instituciones y representantes? Veamos.

    «Entre los pocos componentes de carácter político, absolutamente firmes, que integran la opinión pública actual figuran sus principios democráticos. Puede afirmarse sin exageración que en los pueblos civilizados de hoy no existe para la opinión pública otro modo de legitimación de la autoridad política que la legitimación democrática, aunque ciertamente reciba nombres muy diferentes. Entendemos por legitimidad democrática la justificación inmanente del poder del Estado por el “pueblo”, y las varias direcciones políticas se diferencian en la actualidad entre sí únicamente por el contenido diverso que dan al concepto de pueblo. La propia monarquía aparecía legitimada en el siglo XVIII por el “pueblo”, cuando el despotismo ilustrado, especialmente el de Federico II, invocaba la doctrina del contrato político del Derecho Natural o cuando los fisiócratas apelaban a la opinión pública; y, con mayor razón aún, tiene carácter democrático la legitimación nacional de la monarquía, tal como la formula Treitschke (cf. Heller, Las ideas políticas contemporáneas. Labor, Barcelona.). Incluso cuando hoy se intenta una justificación religiosa-trascendente de la unidad de autoridad del Estado, se descubre inmediatamente que lo que en el fondo se sitúa como valor sustentador no es la voluntad de Dios sino el “pueblo”. No obstante las diversas corrientes subterráneas y reacciones de naturaleza distinta, la opinión pública reconoce el pueblo, por lo menos desde finales del siglo XVIII, como valor supremo, legitimador de todas las normas y formas políticas. “La nación – dice Sieyès –, por el hecho de ser es todo lo que puede ser… La nación está por encima de todo lo demás, es el origen de todo. Su voluntad es siempre legal, ella misma es la ley” (Qu´est-ce que le Tiers État?). Tanto la “volonté générale” de carácter democrático formal como el espíritu nacional del pueblo son únicamente variedades de la idea de la legitimidad democrática y también lo es la justificación, que se pretende basada en leyes naturales, de la negación marxista del Estado, que moviliza a los hombres en nombre de una democracia económico-social. Ni la dictadura bolchevique ni la fascista pueden ser legitimadas de modo trascendente y autocrático, sino que ambas han de legitimarse ante la opinión pública en forma inmanente al estimarse como medios para el establecimiento de una “verdadera” democracia.»

    Hermann Heller, Teoría del Estado. FCE, Méjico, 1955, págs. 193/194.

    «La réplica exacta del principio monárquico es el democrático. Aquél expresa la legitimación transcendente del gobierno, y éste la inmanente. Designamos, en sentido negativo, como democrático a aquel gobierno cuya fuerza de obligar no está fundada en la creencia en un privilegio hierático o tradicional del sujeto del gobierno, y, en sentido positivo, democracia es un gobierno que se legitima desde abajo por los mismos gobernados, por el pueblo. Es, por tanto, una forma de gobierno que, fundamentalmente, no reconoce poder alguno de Derechos que no dependa de la voluntad del pueblo todo. La justificación inmanente es racional frente a la sanción trascendente, en tanto que en el conocimiento causal de la sociedad, en el ordre naturel, rige siempre aquel precepto de Spinoza: obedientia facit imperantem. La conciencia social se legitima de la sumisión, del gobierno a los gobernados, hace que aparezca como racional y natural aquella forma de gobierno, en la cual el pueblo soberano sea el mandatario de los órganos de gobierno.»

    Hermann Heller, Las ideas políticas contemporáneas. Labor, Barcelona, 1930, pág. 63.

    Más sobre el asunto de la legitimidad, democrática y/o nacional y su génesis en Heinz O. Ziegler, Die moderne Nation. Ein Beitrag zur politischen Soziologie. J.C.B. Mohr (Paul Siebeck), Tübingen, 1931.

    Conclusión: dado que un "pueblo" europeo que fuera soberano no existe, como tampoco existe ningún "pueblo" europeo que no fuera soberano, ni ninguna "ciudadanía" europea, la Unión Europea sólo puede trabajar con ficciones, a las que dan apoyo los principios democrático-formales de unas "elecciones europeas".